La guerra cristera y la participación de los guanajuatenses en el movimiento

 Por Adriana Ortega. Universidad Iberoamericana.

 

Introducción

 

En la Constitución de 1917 se establecieron reglas para definir las relaciones entre el gobierno y la Iglesia. Los gobernantes emanados de la Revolución fueron poco a poco obligando al clero a ajustarse a la Ley, con el objeto de limitar el poder y la presencia de la iglesia en la sociedad.

 

La suspensión de cultos

 

Cuando el presidente Plutarco Elías Calles sucedió en la presidencia al general Obregón, mostró una postura radical ante la Iglesia:  ordenó cerrar las escuelas católicas y los conventos, expulsó a los sacerdotes extranjeros y terminó proponiendo el mandato de la suspensión  de todos los actos de culto en la República , el 31 de julio de 1926.

 

A partir de este momento todos los sacerdotes se diseminaron en casas y oratorios particulares, los que continuaron con sus actividades en los templos fueron encarcelados o muertos.

 

Mucha gente, especialmente los campesinos, creyeron que el presidente Calles había mandado cerrar los templos; por eso se levantaron en armas para quitarlo de la presidencia. El clero afirmaba que no estaba en favor de la guerra, pero muchos sacerdotes empezaron a dirigir grupos de combatientes cristeros. La guerra cristera se extendió durante tres años  sobre todo en los estados del centro de la República : Querétaro , Guanajuato , Michoacán y Jalisco.

 

En el Estado de Guanajuato y en León particularmente, los levantamientos católicos fueron frecuentes a partir del momento en el que la orden de aprehensión contra los sacerdotes llegó a esta ciudad el 7 de febrero de 1927.  A partir de esta fecha y durante 3 años los sacerdotes abandonaros sus residencias, se ocultaron y algunos tomaron las medidas necesarias para participar activamente en el movimiento cristero como fué el caso del Padre Isabel Salinas quién desde un principio empezó a organizar levantamientos armados desde la ciudad de León.

 

La guerra cristera, constituyó en realidad una sorpresa tanto para el gobierno como para la Liga.  En un principio los católicos habían intentado utilizar recursos legales pidiendo una reforma a la Constitución, pero después algunos sacerdotes veladamente incitaron a los católicos a la rebelión, aunque señalaban una resistencia pasiva para evitar mayores consecuencias. Si bien todos los obispos reconocían la legitimidad de la resistencia, había divergencias en cuanto a la actitud frente a los combatientes cristeros.  El Comité Episcopal Mexicano había recibido órdenes de Roma de no apoyar una participación armada, sin embargo, varios obispos ayudaron materialmente al movimiento popular, otros simplemente lo alentaron y algunos otros tomaron las armas y pelearon al lado de los cristeros. Los enemigos de la acción armada fueron más numerosos.

 

Las acciones populares se generaban a partir de acciones directas:  cierre de templos, asesinato o persecución de curas, presencia de milicias del ejército federal, etc., ante estos hechos el pueblo respondía con lo que tenía a la mano.  Primero organizó peregrinaciones multitudinarias y después grupos armados para responder a los federales hasta generarse todo un movimiento armado a partir de enero de 1927 y hasta julio de 1929, cuando Iglesia y Gobierno empiezan a hablar de negociaciones.

 

La guerra cristera tuvo su escenario prácticamente en el campo; sin embargo, sus vínculos y el apoyo que recibió de la gente en las ciudades siempre fue muy firmen las ciudades se. En  organiza un combate popular que ya tenía toda una organización de resistencia civil en base a las acciones de la Liga y de la Unión Popular, infiltrada en la población desde hacía mucho tiempo. En el campo, la persecución de los cristeros se hizo difícil por la topografía, por el conocimiento que los cristeros tenían de su terreno y por la complicidad de civiles en las ciudades que los escondía, les daba comida y municiones.  Después de 3 años de combates incesantes el ejército no pudo, a pesar de que gastó mucho, obtener victorias decisivas. Ningún bando pensó que la guerra duraría tanto tiempo, hasta que se tuvo que negociar. Hubo mucha migración del campo a la ciudad. De esta época data un gran incremento urbano de ciudades como León, Aguascalientes, Guadalajara. A León inmigran muchos de los Altos, lo cual la hacía aún más rebelde. En Guanajuato, el ejército del General Amaro, actuó sobre todo de marzo a agosto de 1927. Este se topó con el problema de que algunas de las autoridades municipales no daban aviso oportuno de la llegada de “rebeldes”, varias haciendas y comunidades ayudaban a los cristeros y muchos campesinos se convertían de peones a rebeldes y viceversa, sin que nadie diera aviso y a manera de complicidad.

 

En  Guanajuato empezó la guerra en Pénjamo, Romita, Silao, León y Ocampo, zona dese donde  el sacerdote José Isabel Salinas, “el padre Claro”, dirigía los combates. En la Sierra Gorda los cristeros estaban al mando de Antonio Guevara; en Irapuato y la capital del estado los dirigía José Posadas. Desde el punto de vista de la cooperación  con los combatientes ciudades como León , San Luis de la Paz , Acambaro y San Felipe , fueron de las más activas

 

Los acontecimientos en la ciudad de León

 

Del 31 de julio al 31 de diciembre de 1926 los militares ocuparon la Casa del Seminario en el centro de León que fue convertida en cuartel el 4 de octubre por el General Escalona.  Dicho General llegó a este municipio después de que el Obispo Valverde y Téllez decreta en esta ciudad la suspensión del culto público, la administración de los sacramentos y la predicación en todos los templos de la Diócesis. La gente empezó a hacer largas peregrinaciones de negro y de rodillas al Templo del Calvario y noches de expiación en el Templo Expiatorio.  En enero de 1927 se lleva a cabo la primera acción directa de autoridades municipales y federales en contra de un grupo de jóvenes católicos organizados para levantarse a favor de la libertad religiosa en la ciudad. Sus cadáveres fueron expuestos frente al Palacio de Gobierno en la Plaza Principal y esto ocasionó una reacción popular más abierta. Los jóvenes muertos tenían entre 20 y 35 años de edad y casi todos estaban asociados a la A.C.J.M. y posteriormente a la Liga, con sede en León.  Al momento de estallar el movimiento persecutorio, fueron propagandistas del movimiento religioso organizado en la ciudad.

 

Hubo varios sacerdotes que atendieron en secreto las demandas de los católicos de León, algunos como el Padre Andrés Sola y Trinidad Rangel fueron fusilados, y otros continuaron administrando sacramentos a quienes lo requerían en casas particulares a pesar de los cateos efectuados, tanto por el Ministerio Público Municipal como por miembros del ejército.  Se elaboraron listas que señalaban a personas o familias leonesas sediciosas o contrarias al gobierno. Así mismo fueron perseguidos y fusilados varios obreros y dirigentes de organismos sindicales católicos en León. El vicario de la Parroquia de Purísima del Coecillo, Pbro. José D. Pérez, autor del libro “León Cristero”, fue perseguido y aprehendido por las autoridades.  Sin embargo, el Gobernador del Estado Lic. Octavio Mendoza y el Presidente Municipal Ramón Velarde, le dieron la oportunidad de huir al extranjero para servir al seminario de la Diócesis de León que se organizó en San Antonio, Texas a partir de diciembre de 1927.  Desde ahí empezó a relatar algunos de los momentos que vivió la ciudad en este período.

 

Muchos sacerdotes de León, incluyendo al Obispo Valverde y Téllez, alentaron sin ayudar materialmente al movimiento, aunque se sabe que el P. Isabel Salinas, organizó directamente milicias armadas para combatir al Ejército Federal.  La población civil se presentó activa, incluso fue considerada en general sediciosa. San Francisco del Rincón, Lagos y León, eran puntos estratégicos para los alzados ya que eran centros de provisiones, pertrechos de guerra y escondite para los cristeros.  El General Joaquín Amaro, ministro de Defensa Nacional, envió a la plaza de León, al General de Brigada Daniel Sánchez, quien dirigió las acciones militares desde el cuartel ubicado en la casa del Seminario Diocesano.

 

Guanajuato y Querétaro se beneficiaban de una organización civil secreta extraordinaria, independiente de la Liga Capitalina.  Según Meyer, desde el punto de vista de la cooperación con los combatientes, León, San Luis de la Paz, Irapuato y San Felipe, se llevaban la palma.  Los comités civiles de León, Irapuato y Acambaro, organizaron muchos grupos cristeros y la organización de las legiones guadalupanas y Brigadas Femeninas tenían un gran éxito en estas ciudades.

 

A fines de 1928 eran cotidianos los combates en todo el estado en León era famosa la acción de Luciano Sámano por la audacia con que noche tras noche regresaba a la ciudad tras la persecución del Gral. Cedillo.  Había un cura en León (no identificado) que lanzaba manifiestos y nombraba generales para el movimiento cristero. Estas acciones independientes de la dirigencia obstaculizaban la conducción del movimiento.

 

La guerra cristera fue una lucha sangrienta: se dinamitaron puentes del ferrocarril a Guadalajara y los  fusilamientos y ahorcados eran cosa común en los bandos. En la ciudad de León un grupo de jóvenes de la A C J M atacó por sorpresa a la guarnición para someterla, pero fracasaron y fueron pasados por las armas. En el cerro El Cubilete volaron con dinamita el monumento de Cristo Rey.

 

Los arreglos negociadores.

 

Después de dos años de guerra el movimiento cristero había causado graves perjuicios al país; por ello las autoridades y la Iglesia decidieron llegar a un acuerdo de paz. Sin embargo el general Álvaro Obregón, quien había sido reelecto para la presidencia de la República, fue asesinado en la ciudad de México. El gobierno atribuyó el crimen a miembros del clero, con lo cual la guerra cristera se prolongó un año más.

 

En 1929, el presidente provisional, Emilio Portes Gil y las autoridades eclesiásticas acordaron el cese al fuego y celebraron la paz, aunque muchos combatientes quedaron armados en los campos de batalla.

 

En un momento en el que la federación se hallaba en mala situación militar y financiera, el movimiento cristero mejor o peor organizado se encontraba en su apogeo. Sin embargo, la iglesia y el gobierno empezaron a hablar de negociación en mayo de 1929.   Las noticias de la prensa en torno a las negociaciones causaron mucho daño al movimiento más que la pobreza de la gente o la falta de municiones. El episcopado mexicano mediante el arzobispo Ruiz y Flores, firmó la paz con el gobierno y las expectativas del movimiento cristero se interrumpen. El Gobierno restablece la libertad de culto y da garantías a los sacerdotes;  los cristeros tienen que deponer las armas, proceso ante el cuál hubo mucha resistencia. El silencio de la Iglesia frente a los arreglos fue frustrante y la división entre los prelados fue manifiesta, aunque la mayoría se sometió. A partir de los arreglos se produjo el mito de la traición porque estos no garantizaron la vida de quienes habían peleado. Todavía en 1935 había persecución de cristeros por el gobierno.

 

Con Portes Gil y sobre todo con el General Lázaro Cárdenas, se llegó a un modus vivendi entre el Estado y el Clero: cesó la persecución, cambió la política de uno y otro e incluso hubo momentos de franca alianza y hasta apoyo del clero a la política revolucionaria como fue el caso de la expropiación petrolera, en que el Arzobispo de México exhortó al pueblo de México a unirse al gobierno.  A partir de Ávila Camacho – el primer Presidente que se declara católico- la iglesia va recuperando su influencia en la educación y en el propio gobierno; grupos numerosos de católicos se organizan en partidos y movimientos con ideologías conservadoras que intentan participar en la vida política local y nacional, como fue el caso del sinarquismo y el PAN. Posteriormente, la actividad pública del clero y de grupos confesionales va aumentando, realizando peregrinaciones, manifestaciones y actos organizados cada vez más frecuentes y decididos.

 

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